Laura va a aprender
Una semana con Chavela en San Marcos Tlapazola, Oaxaca: las mujeres del barro rojo
Entre más pienso como conocí a Pancho y Chavela, menos me la creo. Hay memorias que con el tiempo pierden velos de fantasía y otras que con la distancia se vuelve más irreales. En julio del 2025 viajé con mi papá persiguiendo el barro, entre varios lugares que visitamos, fuimos a San Marcos Tlapazola a buscar a las mujeres del barro rojo. La única persona que vimos en el pueblo nos señaló una puerta, y así fue como llegamos directo a su casa. (Aquí la primera parte de esta historia)
Ese día, mientras el agua caía, Chavela me dijo: vas a aprender Laura, vuelve y te enseño todo. En noviembre que paren las lluvias voy a quemar, ven y te enseño.
Y en noviembre volví. Cuando le dije que ya iba, su bendición: despacio Laura.
Esta vez llegué sin ansiedad y con las ganas de entrar al baño que dan cuando uno sabe que ya está cerquita. No corriendo porque ya se iba a hacer de noche sino tomándome el tiempo de ver los últimos rayos del sol luego de haber manejado todo el día. Chavela me marca inquieta, de suerte había señal ¿Dónde estas Laura? Tranquila Chavela, ya estoy cerquita.
—Es que tú solito Laura, desde tan lejos— me decía.
Me esperaba con las puertas abiertas, vestida de satín rosa con lentejuelas plateadas, y un solar cubierto de mazorcas que pizcaron la semana pasada y que su papá deshojaba todo el día. Me recibe con tejate. Me instalo en mi amplio cuarto que queda pasando por el cuarto de ellos, donde también está el televisor que reúne a la familia en la noche. Cenamos comida china, pasta con brócoli y zanahoria, a cambio de salsa soya, salsa picante. Comida extranjera para recibir al extranjero, —quién sabe si le gusta lo de aquí.


El ritmo
El reloj toma la forma de un gallo, quien lleva el tiempo por dentro sin necesidad de la luz del sol. Canta no para recibir el día sino para reafirmar su autoridad. Las gallinas siguen dormidas, no tienen nada que demostrar. Pancho atiende el llamado y se despierta a las cinco y media de la mañana, Chavela abre el ojo solo para ver si quiere café. Mientras él ve el amanecer en el cerro donde tiene sus aguacates, Chavela va directo al taller, un cuarto en la planta baja de la casa, iluminado solo por la puerta abierta, creando una atmósfera casi tipo Rembrandt.
A las 7 de la mañana, cuando su papá despierta, vuelve a la cocina para preparar un chocolate caliente, de cacao que ella misma tuesta en comal. Lo acompaña con un pan de cazuela. En cuanto terminan, ambos van a trabajar. Él se dirige al solar, y Chavela vuelve al taller donde todo sucede en el suelo, la mesa por excelencia. A medida que hace sus piezas, construidas a mano pero con una velocidad y redondez equivalente a un torno eléctrico, el piso se va llenando, volviéndose más difícil de transitar.
A veces se acompaña por el radio, sobretodo para estar pendiente del tiempo que se pasa rápido, y amortiguar la ausencia de su madre con quien se repartía las labores de la casa y trabajó el barro toda su vida. A las once y media empieza a hacer la comida para que esté lista cuando vuelva Pancho del campo, comen cuando el sol está picante. Luego él toma una siesta antes de volver al cerro o atender a sus animales y nosotras: barro.
Ve a descansar Laura, no Chavela, si tú sigues yo sigo. Las conversaciones más íntimas surgen sin esfuerzo mientras tenemos algo en la mano y la mirada perdida en un plato. Hablamos de la vida y la muerte, del amor y de la casa, de la gente, del pueblo y de los sueños.
Al llegar la tarde, volvemos a la cocina, o al fogón de leña de afuera. Ya no cabe duda que al extranjero le gusta lo de ahí, por lo que unos frijoles con huevo revuelto, tortilla, aguacate y salsa, no solo basta sino que sabe a gloria. Pancho sube a su silla en el balcón donde entra señal, y ve videos cortos de agricultura o noticias en su celular. Chavela termina de organizar la cocina, no sube sin antes darse otra pasada por el taller, aprovechando para darle otra capa de pintura a las piezas para que estén secas al otro día.
Cualquier espacio entre la cotidianidad se llena con barro. Por eso hay que tenerlo cerquita, en la casa, no hay de otra. Es la única manera de estar ahí, en el momento preciso, todo el tiempo. Pancho le dice a Chavela que descanse y se enoja cuando no lo hace. Ella no concibe el descanso. Aunque no sé si lo que no concibe es el hambre, una casa sucia, entregar tarde su pedido, o que las piezas se sequen de más. Tal vez sea que no se sabe quedar quieta o qué hace mucho sola, pero las comidas se extienden entre risas, y sus gustos se los da haciendo tortilla caliente y tejate para la sed.
Pareciera que solo pensamos en esto, pero en realidad las mujeres aquí están pensando en sus hijos, la familia, la pareja, el hogar, el clima, la comunidad, la comida, y ojalá en ellas mismas. No solo pensamos en barro, trabajamos para poder pensar. La tierra apacigua los pensamientos, consideramos las probabilidades y no certezas.
Los ciclos de la naturaleza dictan el ritmo de la vida: cuando la lluvia llega se siembra maíz, cuando se va, se extrae el barro. La sencillez es casi abrumadora para nosotros quienes estamos acostumbrados a todo en cualquier momento del año.


El lenguaje
Tenía entendido que en México se habla español, lo podía haber jurado. Y no es que no sea cierto, pero tal vez sí es falso. Sabía que en otras partes se hablan otras lenguas, pero hablamos de esto solo como un dato. Lo que me conmovió del zapoteco no fue solo sentirme completamente ajena, sino reconocer que la originalidad de este país no tiene nada que ver con el español que hablamos.
Chavela no sabe leer ni escribir pero habla dos idiomas, sin contar el del barro. Con un español que le cambia el género a las palabras, nos entendíamos. Aunque siempre se siente esa interferencia de telepatía cuando los pensamientos ajenos son en otro idioma, su fluidez es limitada por la traducción, y la de uno, limitada por la elocuencia.
Me cuenta que recuerda el momento en que sus padres deciden que no irá a la escuela, pues la economía a duras penas alcanzaba para el maíz. Mejor mandar a los dos varones a estudiar y dejar a la mujer ayudando a la madre con la casa, que significa también aprender a vivir del barro. Primero como juego, luego a nivel económico, quizá después como refugio. Así me enseñó Chavela a mí:
Despacio Laura
Estas bien tonto Chavela (se reía de ella)
Vas a aprender Laura
Todo sabes Laura
—Tengo la mejor maestra, yo respondía.
Recio Laura, con toda tu fuerza
Despacio Laura
Eso mero Laura
Sí sabes Laura
El lenguaje va más allá de las palabras, tiene que ver con cómo interactuamos. Aquí no se lleva una visión romántica de la vida, sino de costumbres. Pero hablar de tradición, ancestralidad y conservación supone mantener un sistema intacto, lo cual es imposible y no sugiere ninguna utilidad, pues no tiene como sostenerse en la actualidad.
La vida muta, se mueve. Entre varias lenguas, territorios, y mestizos que hoy somos, toca reinventar el relevo generacional, reconocer que no solo se trata de una descendencia, sino que también puede ser desde un lugar horizontal. Puede Chavela no tener hijas a quien enseñar, pero le enseñó a Marisela la vecina que vino de otro pueblo, y a mí que vengo de otro país. Pasar de la nostalgia a la voluntad.
Dejar que las cosas y los eventos nos hablen más de lo que nosotros hablamos de ellos. Ejercitar primero la escucha y el silencio.
Una bocina a todo volumen desde la plaza central del pueblo, avisa que hoy venden carne fresca en la plaza, en zapoteco.
Los de afuera
El pueblo está sostenido por la mitad que permanece, y la mitad que esta por fuera. En San Marcos ya hay pocos hombres, y los que hay parece que no lloran. Cargan con el peso de sostener una familia, pagar fiestas, funerales, bodas y bautizos, normalmente extravagantes con una economía casi austera. La agricultura ya no promete sostener el estilo de vida que ahora se lleva, por eso migran fuera del país.
Los dólares y los pesos se confunden entre el que se va y manda dinero desde lejos, el que queda esperando el regreso, —ahora en una casa de adobe gracias a las remesas, y el turista que encuentra avisos en inglés y clases que cobran por hora. Los de afuera viven para fiestas que no podrán bailar. Una infancia dura no se alivia con números en el banco, por lo que guardar dinero debajo de la almohada es más instinto de supervivencia que estrategia.
Algunos hombres ahogan sus penas con alcohol, el reconocido mezcal oaxaqueño, que vale la pena aclarar llegó junto con los españoles, pues tradicionalmente siempre se ha fermentado el maguey, pero el proceso de destilación es reciente. Aclaro pues el alcohol como lo conocemos, en sabor y sobre todo en repercusión, es nuevo.
Cuando beben, a veces en sus casas y otras en las esquinas de las calles, las mujeres se previenen. Esperan hasta que se vayan para poder moverse en calma. Cuando no hay cómo evitarlos, como en reuniones familiares, se mueven del patio al comedor, del pasillo a la sala, hasta que finalmente terminan todas en la cocina, pues solo aquí no entra el borracho, tal vez tampoco el sobrio.
Se vive con un pie aquí y otro lejos, en un lugar donde la comida no es fresca, el trabajo es duro y la soledad es suavizada con un celular. El que no está tiene un pedazo de su corazón aquí, que quienes quedan cuidan. La resignación es lo único hacia un sistema que impide las visitas y los regresos.
El campo
Pancho vivió en Los Ángeles dos años, y a pesar que consideró volver, ama el campo. De las pocas veces que salimos de casa fuimos con él al cerro donde tiene su sembrado de aguacates y pitayas, decorados psicodélicamente con discos flotantes para ahuyentar a los pájaros. Fue una de las pocas veces que vi a Chavela descansar plácidamente acostada bajo un árbol agarrando aguacates, mirando la impresionante vista del cerro con la música alegre que sonaba en la gran bocina de Pancho.
Me dijo que por ahí habían muchos chapulines, yo le dije que me encantan. Hay que tener cuidado con lo que se desea pues inmediatamente cortó unas hojas y las puso dentro de una cubeta con la que se puso a pescar grillos. Casi no entiendo lo que hacía. En menos de un minuto ya había agarrado un montón.
De un momento a otro, todos los grillos se hicieron visibles, —los ojos ignorantes están ciegos— vi uno, y omitiendo la impresión que da intentar agarrar un insecto lo cogí con la mano y con una felicidad de niña grité ¡Agarré uno! Esa noche, luego de haber aprendido a prepararlos y comerlos frescos por primera vez, me reía luego de comerme varios en un solo bocado, mi alegría por tener solo uno en mi mano.






Al principio Chavela me decía, cásate Laura, ten por lo menos un hijo. Le respondía que sí solo para no llevarle la contraria, aunque para mis adentros claro que sonaba idílico el perfil del hombre en el campo y la mujer en el barro. Pero con los días, mientras se encariñaba conmigo, confesó las ventajas no tener hijos y su miedo de que si me caso, ya no volvería. Tranquila Chavela que no me voy a casar, y si me caso igual vengo.
Allá en ciudad, por más que yo también viva en el campo, podemos dejarnos. Ya sea por un tiempo o definitivamente, por ocupados o por cansados, porque adoramos más la dignidad que el perdón. Supuestamente en nombre de la libertad, del empoderamiento, de la capacidad de elección. En San Marcos es diferente, me decían, la gente se casa para siempre. No se dejan en parte porque está mal visto, o porque cuesta un dineral. Y aunque esto no sea ideal, considerar las ventajas del no poder partir, aunque incómodo, también resulta revelador.
Nadie le tiene que decir a Pancho que se está acabando la leña, pues él la repone antes de que falte, igual le ayuda a Chavela a sacar el barro y conseguir la arena. Ella lo escucha cuando llega y corre para abrirle la puerta. Ambos se complementan, son estructura, no peso. El gallo no solo canta para demostrar su hombría, también cuida las gallinas mientras ponen sus huevos.
El vestido
El primer día en el taller, al acomodarnos para empezar a trabajar, Chavela nota que mis tenis estorban, no tengo mandil y un vestido sería más práctico para sentarme en el suelo. Me llevó a un cuarto que solo tenía un armario lleno de vestidos y delantales de colores intensos. Sus hermanos le han mandado las telas desde Estados Unidos. Me escoge uno verde azul, me lo mido, me miro en un espejo, escoge un mandil, —ahora sí Laura. Sonríe. Me siento como la quinceañera que nunca fui.
El vestido también recolecta el barro que va cayendo al pulir una pieza. Los bolsillos del delantal sirven para guardar herramientas. No es solo una decisión estética, la belleza no es un capricho. Como dice Tomás Owen, cuando las piezas pueden balancear su propio peso, también se ven proporcionales ante el ojo.






Estas prendas, brillantes y sedosas, luego de una vida recolectando barro, pizcando maíz, ido al pueblo o recogido aguacates, de haber llevado el contacto directo con la piel de un humano; al sentirse viejas se convierten en “trapas” (femenino del trapo), posan con sus variadas funciones en el taller y la casa, cubren las piezas del polvo, cuidan que se sequen despacio, ahora soportan el peso del cuerpo como cojín o se vuelven tapete. Siguen sosteniendo el cuerpo, ahora también del barro.
Me recuerdan el vacío que dejan las personas que ya no están, y de las personas que fuimos y olvidamos.
El barro
Chavela consigue el barro del lote de su papá, se encuentra entre magueys, hay que cavar para encontrarlo. Es gris, rojo, amarillo o negro, se recolecta en temporada de sequía y se extrae lo que se va a utilizar por todo el año. Cuando empiezan las lluvias, ahí mismo se siembra maíz con el pie. La arena se consigue en el río. En el cerro nace el agua que llega a la casa directo del manantial, de allá viene también la leña, cerquita de donde está la mina del barro rojo, la cual es la única que en el pueblo comparten.
Las implicaciones para conseguir la materia prima no requieren dinero sino atención al clima, subir al cerro, cavar un hueco, bajar al río, cargar la leña. No tiene precio. Es gratis —dinero libre— decía Pancho. Aunque ya muchas mujeres compran el barro preparado pues ahora la tierra es propiedad privada y a la gente no le gusta que anden por ahí cavando.
En un principio, cada que conocía una mujer le preguntaba si también se dedicaba al barro y me emocionaba cuando asentían, pero esta emoción no era recíproca, no porque no amaran lo que hacen, más bien implicaba ¿sino qué haríamos? A cambio de letras y estudios está el barro. La resiliencia de la mujer las ha hecho negociantes, capaces de sostenerse a sí mismas y su familia.


Recolectamos no solo materia sino memoria de una cultura, un tiempo y un espacio. La arcilla propone una manera de ser que le es propia de su naturaleza. Eso explica la abundancia y las mismas formas por generaciones, no solo del objeto sino de la manera de trabajar y vivir.
Cito a Luka Andeyro, en Escuchar la Tierra: Arcillas silvestres, memoria y cuidado:
No es nostalgia; es una voluntad de permanecer en relación. De reconocer que la arcilla no es mía, sino que me acepta por un instante como colaboradora. Ese territorio no me pertenece y eso me exige pensar nuevas maneras más respetuosas de relacionarme con él, que muchas veces chocan con las prácticas dominantes. Me da la oportunidad de conectar con lo salvaje, conmigo misma fuera del sistema, y esa probablemente sea la resonancia más transgresora: me permite re-apropiarme de mi humanidad. Volver a ser salvajemente humana desde la consciencia, pero exige una apuesta por la escucha lenta y la ternura.
La quema. Una cama en llamas
El día de la quema me despierto ansiosa, me paro de la cama como un resorte. Bajo rápido. Es lunes, la mañana es fría, lenta y silenciosa. Es mi último día aquí. Encuentro a Chavela pintando cajetes en el taller. A las 7 empezamos a prepararnos para la quema, ahí en el patio de los guajolotes y los pollos. Chavela barre las cenizas que quedaron de antes, lo primero que veo es una cabecera de hierro forjado.
El horno será una cama. Siento que el corazón se me va a salir, y justo en ese momento Chavela dice:
Primero voy al molino a moler maíz.


Mi ansiedad no lo puede creer, acostumbrada al frenesí de las quemas. Espero mientras bruño intensamente una copa que tiene una cara de neutralidad absoluta. Al volver, un café, pan y finalmente a las ocho y media sacar las piezas crudas a solearse. Si está nublado el día, no se quema, es una colaboración con el sol. A las nueve y media Maricela, la vecina, pone música religiosa con ritmo de son.
Empezamos a armar la estructura de la cama donde vamos a arder, se para sobre doce pilares de tabiques. En el piso primero va una capa de baraña y luego unas ramas más gruesas. Ahora sí, encima de los postes, como colchón, van retazos de hierros que sostendrán una lámina vieja con huecos donde irán encima las piezas, como sábanas. De espaldar se ponen unos comales grandes rotos, y cuando estamos a punto de tender la cama: ahora voy a hacer salsa.
Me repito: despacio Laura
A las diez poner los jitomates y el chile sobre la lumbre y amasar la masa recién molida para las tortillas con que haremos quesadillas. A medida que las preparábamos íbamos comiendo, despacio para hacer tiempo que llegara Pancho.
A la una volvemos al patio y ahora sí empezamos a tender la cama con los comales, que están bien calientes, en posición vertical con unos pequeños retazos de barro roto, tepalcates, entre sí para que entre bien el fuego. Seguimos con los cajetes y las piezas pequeñas por ahí. Lo crudo se arropa con más retazos de metal y se acobija con comales rotos.
Como edredón: la leña. Primero trozos de la penca del maguey seco, y pura baraña. Chavela se va un rato y vuelve con sombrero, camisa leñadora y una mascada para la cara. Yo me envuelvo un trapo en la cabeza. Sin palabras ceremoniales, por una de las patas mete algo de paja y se prende el fuego. Metemos palos largos de bambú delgado por cada hueco del piso, que se ven metiendo a medida que se van consumiendo.
Aquí empieza un baile alrededor del lecho que arde, buscando orificios por dónde se puede estar saliendo el calor. Se va agregando más leña, ramas, pencas de maguey, el fuego intenso, la pasión desbordante se siente en los pies, nos coordinamos con el sol para que en ese momento no llegara nada de sombra. Cuando la ceniza se ve blanca es una buena seña, y en cuestión de una hora, dejamos que se consuma el deseo extremadamente ardiente.
Nos echamos en el piso un rato, luego fuimos a la cocina a tomar varias jícaras de agua con polvo de maíz tostado. El ambiente relajado, serenas, después de una sesión intensa de intimidad con el fuego. Ya lo que fue, fue. Volvemos al patio, al piso a esperar a que se enfríe. Así se sentaba Chavela con su madre, así descansaban. Aquí me dijo que me veía a mí como una hermana, lo repitió a la mañana siguiente cuando nos despedimos entre lágrimas.
De las cenizas salieron las lecciones que aprendí, rojitas, calientitas. Las conversaciones vulnerables, la fragilidad de los sueños, nuestra suerte, todo quedó ahí. La cama actúa como puente entre estar presente y ausente. El nido del ciclo de la vida-muerte-vida. ¿Habrá tiempo o no habrá tiempo? Por el momento, estamos aquí, y al final del día, nos acostamos.
Gracias infinitas a Pancho, Chavela y su familia que me hicieron sentir como en casa.
Volveré.









ay nooooooo! amé infinito y total, los vestidos, las tortillas, la cama y los paisajes, vuelve ie ie